Una sensación que me viene una y otra vez cuando estudio es la complejidad que tiene todo.

No os podéis ni imaginar hasta qué punto a veces siento que nos estamos complicando la vida.

Y una me viene y otra me va.

Me fascinan los descubrimientos que hacemos como seres humanos. Nanopartículas. Rutas bioquímicas inimaginables. Mecanismos que hace unos años ni siquiera sabíamos que existían.

Pero, al mismo tiempo, jugamos a querer ser invencibles y a tener una solución para todo.

Es como querer entender el misterio de la vida, el origen del universo y lo que hay más allá. Porque al universo, ¿quién lo puso ahí?

Investigamos e investigamos y, a veces, corremos el riesgo de perdernos de lo esencial.

Nos vamos a buscar vida en Marte y nos olvidamos de lo que puede cambiar profundamente nuestra vida aquí y ahora.

El universo que llevamos dentro

Esto me pasa especialmente cuando intento comprender el cerebro.

Sabemos mucho, sí. Pero es poco comparado con todo lo que aún nos falta por descifrar.

El cerebro humano pesa alrededor de kilo y medio y contiene unos 86.000 millones de neuronas, además de otras células imprescindibles. Esas neuronas se comunican entre sí mediante señales eléctricas y químicas en puntos de conexión llamados sinapsis.

¿Cuántas conexiones hay?

Trillones.

Una barbaridad tan grande que cuesta imaginarla.

Esas conexiones forman circuitos y redes que participan en lo que percibimos, pensamos, sentimos, recordamos y hacemos. Y, aun con todo lo que hemos aprendido, todavía no entendemos por completo cómo emerge y se organiza toda esa información.

Vamos, que seguimos sin tener idea de muchísimas cosas.

Y quizá no necesitemos conocerlas todas para empezar a ayudarnos.

Comprender las emociones empieza por algo sencillo

Yo te propongo justo lo contrario a perderte en la complejidad.

Tener herramientas sencillas que te ayuden en tu día a día.

¿Has probado a usar algo de lo que ya sabemos?

Las emociones no son un diccionario exacto. La tristeza, la culpa, la ira o el miedo pueden aparecer por razones distintas en cada persona. También influyen la historia, el cuerpo, el contexto y el momento que estamos viviendo.

Pero una emoción puede darnos una pista sobre la conversación que tenemos por dentro.

  • Si te sientes triste, quizá estés viviendo una pérdida o algo importante para ti se haya quedado sin espacio.
  • Si aparece culpa o vergüenza, puede que estés juzgándote con dureza o sintiendo que has cruzado uno de tus valores.
  • Si te sientes desesperado, quizá tu mente esté repitiendo que nada puede cambiar.
  • Si aparece ira, puede que percibas injusticia, invasión o falta de respeto.
  • Si estás en ansiedad, preocupación o miedo, es posible que tu mente esté anticipando peligro y diciéndote que algo malo va a pasar.

No son sentencias.

Son preguntas.

¿Qué te estás diciendo ahora mismo?

Detrás de una emoción suele haber pensamientos, imágenes, recuerdos, sensaciones corporales y formas aprendidas de interpretar lo que ocurre.

Por eso, antes de pelearte con lo que sientes, puedes parar un instante y preguntarte:

¿Qué me estoy diciendo para sentirme así?

Quizá aparezca una frase muy rápida:

«No voy a poder».

«Esto no cambiará».

«Estoy en peligro».

«No debería haber hecho eso».

«No es justo».

Cuando la ves, ya no estás solamente dentro de la emoción. También puedes observar la interpretación que la acompaña.

Y entonces llega otra pregunta:

¿Es esta la única forma de mirar lo que está pasando?

No se trata de sustituir una frase difícil por una frase bonita que no te crees. Se trata de encontrar una mirada más completa, más honesta y más útil.

Tal vez no puedas resolverlo todo hoy, pero sí dar un paso.

Tal vez haya peligro, pero también recursos y ayuda.

Tal vez cometiste un error, pero eso no convierte toda tu persona en un error.

Tal vez algo fue injusto y puedas poner un límite sin quedarte a vivir dentro de la ira.

Las nuevas rutas se construyen practicando

Pensar y responder de otra manera no cambia el cerebro por arte de magia.

Necesita repetición, experiencia y tiempo.

Cuando reconoces un pensamiento automático, lo cuestionas y ensayas una respuesta diferente, estás practicando otra forma de relacionarte con lo que vives. Con el tiempo, esa práctica puede fortalecer patrones más flexibles.

Y si la tristeza, la desesperanza, la culpa, la ira o la ansiedad son intensas, persistentes o interfieren en tu vida, pedir ayuda profesional también es una herramienta sencilla y valiosa. Comprender lo que sientes no significa tener que hacerlo todo a solas.

Me gusta entender las moléculas.

Pero, si te soy sincera, me gusta todavía más traducir todo ese conocimiento en algo que podamos usar para vivir con un poco más de conciencia.

Lo inmenso del cerebro seguirá ahí.

Hoy puedes empezar por una sola pregunta.

¿Qué te estás diciendo ahora mismo?


Un espacio para comprender lo que te pasa

Si quieres mirar con más profundidad cómo se relacionan tu cuerpo, tus pensamientos y tus emociones, en una Sesión Médica Holística podemos explorar tu situación de forma individual y acompañada.