¿Te acuerdas de Miguel Induráin?

El mítico campeón de ciclismo, ganador de cinco Tours de Francia.

Pues el viernes 31 de marzo, en la presentación de mi libro en Zaragoza, solo me acordaba de él cuando lo daba todo subiendo el Tourmalet y, de repente, le aparecía una pájara.

Y se quedaba sin piernas.

Lo mismo me pasó a mí.

La pájara en plena charla

Tenía unas ganas enormes de hablar a las casi 300 personas que habían venido.

Me encanta dar esa charla. Había invertido muchísimo tiempo en prepararla y hablar en público es una de mis grandes pasiones. Me gusta moverme, gesticular, disfrutar.

Como dice mi mejor amigo, Urbil:

«Bea, es que a ti te po*e hablar en público».

Es verdad. Me encanta.

Pues, pues, pues…

De repente, un calor muy fuerte me invadió por dentro y me empezaron a sudar las manos.

Las manos nunca me sudan. Jamás. Ni en la peor cirugía a la que me haya enfrentado.

En aquel instante interpreté que podía estar quedándome sin glucosa, sin azúcar en la sangre. No era un diagnóstico confirmado: era lo que pensé al reconocer sensaciones que ya había vivido antes.

No añadir más miedo al cuerpo

La primera vez me pasó de pequeña. Tendría siete u ocho años. Era domingo, estaba en misa con mi madre, hacía muchísimo calor, no había desayunado y me desmayé.

Caí redonda.

Menudo susto le di a mi madre.

Otra vez ocurrió cuando estudiaba Medicina y entré por primera vez en un quirófano. Estaban operando una mama, me impresionó tanto que también me desmayé.

PUMBA.

Dicen que no hay dos sin tres.

Pero esta vez fue diferente.

No me puse más nerviosa al sentirme así. Acepté que podía desmayarme en cualquier momento y decidí seguir adelante con la charla.

Aceleré todo lo que pude porque sentía que no tenía mucho tiempo. Quería trasladar al menos una parte del mensaje que llevaba tanto preparando.

Y allí me quedé: quieta, hablando a toda velocidad, sin pausas, sin gestos, sin moverme.

Es decir, sin ser yo.

Sin disfrutar.

Llegué hasta el final, pero no como quería. No sé qué habría ocurrido sin mis herramientas mentales. Lo que sí sé es que no añadir más miedo a lo que estaba sintiendo me ayudó a atravesar el momento.

Lo fácil habría sido llamarlo éxito

Hoy estoy triste.

Siento mi dolor, pero no sufro.

Lo acepto y agradezco todo el aprendizaje que he hecho.

Yo tampoco supe dosificarme durante aquella semana. No viví en mi equilibrio.

No me escuché. Me desconecté y me dejé llevar por el ruido exterior.

Error.

No escuché esa voz interior que me estaba avisando.

Lo fácil sería contar que la presentación fue un éxito.

Pero no lo fue.

Al menos, no para mí.

Y quiero contártelo porque esta vida es un aprendizaje diario. No me rindo. Seguiré trabajando para encontrar esa armonía.

Escuchar al cuerpo también es avanzar

A veces avanzar no significa aguantar un poco más. Significa reconocer que te has alejado de tu equilibrio y volver a escucharte.

Al terminar, lo primero que me dijo mi madre fue:

«¿Por qué has hablado tan rápido, Bea?».

«Porque me iba a desmayar, mamá».

También pensé que, al menos, tenía delante a mis amigas, las mejores anestesistas del mundo.

Ahora lo cuento con una sonrisa. Pero me quedo con la lección: el cuerpo avisa, y escucharlo no te hace débil. Te devuelve a ti.

Si una sensación de desmayo, sudoración intensa o debilidad aparece de forma repetida, intensa o inesperada, conviene buscar valoración médica. Escuchar al cuerpo también es pedir ayuda cuando hace falta.


Escuchar tu salud de forma integral

Si sientes que tu cuerpo lleva tiempo intentando decirte algo y quieres comprender lo que ocurre desde una mirada médica, emocional y personal, en una Sesión Médica Holística podemos revisar tu situación con calma y de forma individual.