Cuando tienes a una persona dormida en quirófano, bajo anestesia general, hay algo que no puedes perder de vista: su respiración.
Esa persona está intubada y una máquina respira por ella.
Tienes que estar muy pendiente de su oxigenación y de cómo se comportan sus pulmones.
Es importante evitar, en la medida de lo posible, que algunas zonas del pulmón se cierren y formen atelectasias.
¿Por qué?
Por una cosa no.
Por dos.
La primera es que esas zonas participan peor en el intercambio de oxígeno.
La segunda es que las complicaciones pulmonares después de una operación importan, y mucho.
Por eso los anestesistas usamos estrategias ventilatorias adaptadas a cada persona. A veces incluyen maniobras para volver a abrir zonas del pulmón; otras veces, distintas combinaciones de presión y volumen.
No hay una receta universal.
Te cuento esto porque la respiración es igual a vida.
Esto tienes que grabártelo en la cabeza.
O tatuártelo, si te gusta más.
Cuando las prisas también entran en la respiración
¿Y cómo respiramos cuando vivimos con prisas, tensión y la cabeza en siete sitios a la vez?
Muchas veces, de forma rápida y superficial.
El pecho se mueve, pero apenas prestamos atención a lo que ocurre debajo.
La respiración diafragmática propone justo eso: dejar que el diafragma participe y observar cómo el abdomen se expande suavemente al tomar aire y vuelve al soltarlo.
Levántate un poco la camiseta y mira tu tripa mientras respiras.
¿Sube y baja?
Ese movimiento puede ser una pista de que el diafragma está participando.
¿No ves casi nada?
No significa que estés respirando «mal» ni sirve para diagnosticar nada.
Solo es una invitación a explorar otra manera de respirar.
Una práctica sencilla para bajar el ritmo
Puedes probar a inhalar por la nariz durante cinco segundos y soltar el aire durante otros cinco.
Sin retenerlo.
Sin empujar.
Si te resulta difícil, empieza con cuatro segundos al tomar aire y cuatro al soltarlo.
Y si contar te agobia, olvídate del cronómetro.
Respira como tú respiras, pero un poco más lento y dejando que el aire salga sin prisa.
Puedes hacerlo durante diez o quince minutos.
Pero… atención.
Si no lo has hecho nunca, no empieces por ahí.
Prueba dos o tres minutos y observa cómo te sienta.
Esto es como volver al gimnasio.
Si hace diez años que no vas, no empiezas levantando veinte kilos.
Si aparece mareo, hormigueo, sensación de falta de aire o malestar, vuelve a tu respiración normal y para.
Lo sencillo no necesita convertirse en promesa
Algunos estudios sobre respiración diafragmática y respiración lenta han observado cambios en atención, percepción de estrés y regulación autonómica.
Eso no significa que respirar de esta forma aumente siempre la capacidad pulmonar, cure la ansiedad o resuelva una depresión.
La respiración puede ser una herramienta.
No una obligación.
Ni una prueba que tengas que superar.
Hay personas a las que concentrarse en la respiración les calma y otras a las que les incomoda o les activa más.
Si tienes una enfermedad respiratoria o cardiaca, estás embarazada, te mareas con frecuencia o te recuperas de una operación, conviene consultar antes de practicar pautas respiratorias nuevas.
Pranayama: prestar atención a la fuerza vital
Esta manera de regular conscientemente la respiración conecta con el pranayama, una tradición del yoga.
La palabra une prana, que suele traducirse como energía o fuerza vital, y ayama, relacionado con expansión o regulación.
Más allá del nombre, la propuesta es sencilla:
parar unos minutos.
Notar el cuerpo.
Dejar que la salida del aire dure tanto como la entrada.
Y recordar que no todo se arregla haciendo más.
A veces también necesitamos bajar el ritmo para volver a nosotros.
Una mirada integral a lo que tu cuerpo está expresando
Si notas que el estrés, tus emociones o una experiencia de salud están cambiando tu forma de habitar el cuerpo, en una Sesión Médica Holística podemos mirar tu situación de forma individual, integrando cuerpo, mente, emociones y contexto.

